viernes, 4 de julio de 2014

Me gustan esas personas

Me gustan esas personas solidarias,
esas que se presentan y sin pedir nada a cambio,
dan todo lo que pueden y aun más,
esas personas que con poco hacen mucho.

Me gustan esas personas compañeras,
que están en las buenas y en las malas,
esas que te prestan un oído,
esas que siempre están.

Me gustan esas personas que regalan sonrisas,
abrazos, su amistad y su compañía,
porque para todo lo demás
sobreabunda en el mundo.

Me gustan sobre todo las personas que luchan,
aunque el destino les haga la contra,
esas que buscan alternativas donde no hay,
esas personas porfiadas que se esfuerzan por ser felices.

Con esas personas quiero compartir la vida,
los sueños y disfrutar el camino recorrido,
esas maravillosas y humanas personas,
ellas conmigo pueden contar.
                                                                                 Simplemente Carmen

martes, 1 de julio de 2014

La malinche (Novela de Laura Esquivel)

Al Viento.
Uno.


Primero fue el viento. Más tarde, como un relámpago, como una lengua de plata en el cielo, fue anunciada en el valle del Anáhuac la tormenta que lavaría la sangre de la piedra. Fue después del sacrificio que la ciudad se oscureció y se escucharon atronadoras descargas, luego apareció en el cielo una serpiente plateada que se vio con la misma fuerza en muy distintos lugares. Enseguida comenzó a llover de una manera pocas veces vista. Llovió toda la tarde y toda la noche y al día siguiente también. Durante tres días no cesó de llover. Llovió tanto, que los sacerdotes y sabios del Anáhuac se alarmaron. Ellos estaban acostumbrados a escuchar y a interpretar la voz del agua pero en esa ocasión sintieron que Tláloc, el dios de la lluvia, no sólo trataba de decirles algo sino que, por medio del agua, había dejado caer sobre ellos una nueva luz, una nueva visión que daría otro sentido a sus vidas, y aunque aún no sabían claramente cuál era, así lo sentían en sus corazones. Y antes de que sus mentes interpretaran correctamente la profundidad del mensaje, que el agua explicaba cada vez que se dejaba caer, la lluvia cesó y el sol resplandeciente se reflejó en la multitud de espejos, de pequeños lagos, ríos y canales que las lluvias habían dejado repletos de agua. 
Ese día, lejos del valle del Anáhuac, en la región de Pai-nala, una mujer luchaba por dar a luz a su primogénito. La lluvia ahogaba sus pujidos. Su suegra, que actuaba como partera, no sabía si prestar oídos a su parturienta nuera o al mensaje del dios Tláloc. No le costó trabajo decidirse por la esposa de su hijo. El parto era complicado. A pesar de su larga experiencia nunca había asistido a un alumbramiento como ése. Durante el baño en temascal —inmediatamente anterior al parto— ella no había detectado que el feto viniera mal acomodado. Todo parecía estar en orden. Sin embargo, el esperado nacimiento se tardaba más de lo común. Su nuera tenía un buen rato desnuda y en cuclillas pujando afanosamente y no lograba dar a luz. La suegra, previendo que el producto no pudiera pasar por la pelvis, comenzó a preparar el cuchillo de obsidiana con el que partía en pedazos el cuerpo de los fetos que no alcanzaban a nacer. Lo hacía dentro del vientre de sus madres, para que éstas los pudieran expulsar con facilidad y de esta manera al menos ellas salvaran sus vidas. De pronto, la futura abuela —arrodillada frente a su nuera— alcanzó a ver la cabeza del feto emergiendo de la vagina y retrocediendo al momento siguiente, lo cual le indicó que probablemente traía el cordón umbilical enredado en el cuello. De repente, una pequeña cabeza asomó entre las piernas de su madre, con el cordón umbilical entre los labios, como si una serpiente amordazara la boca del infante. La abuela interpretó esa imagen como un mensaje del dios Quetzalcóatl que en forma de serpiente se enredaba en el cuello y en la boca de la criatura. La abuela aprovechó la ocasión para meter su dedo y desenredar el cordón. Por unos momentos —que parecieron una eternidad—, nada sucedió. La fuerte lluvia era el único sonido que acompañaba los gemidos de la joven parturienta.
Después de que el agua habló, un gran silencio fue sembrado y sólo lo rompió el llanto de una niña a quien nombraron Malinalli por haber nacido en el tercer carácter, de la sexta casa. La abuela dio voces de guerrero para informar a todos que su nuera, como buena guerrera, había salido vencedora en su combate entre la vida y la muerte. Enseguida abrazó el cuerpo de su nieta contra su pecho y la besó repetidamente. La recién nacida, hija del tlatoani de Painala, fue recibida por los brazos de su abuela paterna. La abuela presintió que esa niña estaba destinada a perderlo todo, para encontrarlo todo. Porque solamente alguien que se vacía puede ser llenado de nuevo. En el vacío está la luz del entendimiento, y el cuerpo de esa criatura era como un bello recipiente en el que se podían volcar las joyas más preciosas de la flor y el canto de sus antepasados, pero no para que se quedaran eternamente ahí sino para ser recicladas, transformadas y vaciadas de nuevo. Lo que la abuela no alcanzó a percibir fue que la primera pérdida que esa niña iba a experimentar en su vida estaba demasiado cerca y, mucho menos, que ella misma se iba a ver fuertemente afectada. Así como la tierra primero había soñado con las flores, con los árboles, con los lagos y los ríos de su superficie, así la abuela había soñado con esa niña. Lo último que en ese momento hubiera pensado era que podría perderla. Presenciar el misterio de la vida era lo suficientemente impactante para evitar pensar en la muerte, en cualquiera de sus manifestaciones: el abandono, la pérdida, la desaparición. No, su mente y su corazón lo único que deseaban en ese momento era festejar la vida. Por tanto la abuela, quien había participado activamente durante todo el parto, miró con alegría y llena de embeleso cómo Malinalli abría los ojos y movía vigorosamente sus brazos.
Después de darle un beso en la frente, la depositó en los brazos de su padre, el señor de Painala, y procedió a efectuar el primer ritual del nacimiento, que consistía en el corte del cordón umbilical. Lo efectuó con una pieza de obsidiana que ella misma había preparado especialmente para la ocasión. La piedra había sido pulida con tanto esmero, que más parecía un refulgente espejo negro que un cuchillo. Al momento del corte, la pieza de obsidiana capturó los rayos de sol que se filtraban por el techo de palma y los reflejó con fuerza en el rostro de la abuela. Los poderosos rayos de luz del astro solar atravesaron las pupilas de la abuela con tal magnificencia que dañaron irremediablemente su vista. En ese momento pensó que tal vez ése era el sentido de los alumbramientos: el acercamiento a la luz. También comprendió que al estar ayudando a su nuera a dar a luz, se había convertido en un eslabón más de la cadena femenina formada por generaciones de mujeres que se daban luz unas a otras.
Enseguida, la abuela depositó cuidadosamente a su nieta sobre el pecho de su nuera para que le diera la bienvenida. Al escuchar el latido de su madre, la niña se supo en lugar conocido y dejó de llorar. La abuela tomó la placenta y salió a enterrarla junto a un árbol del patio trasero de la casa. La tierra estaba tan húmeda a causa de la lluvia que el entierro se efectuó mitad en la tierra y mitad en el agua. La otra mitad del ombligo de Malinalli más bien fue ahogada en la tierra. Con él se sembraba la vida y se le devolvía a la tierra su origen. El cordón que une a la tierra con el cielo entregaba el alimento al alimento. Pocos días después, la niña fue bautizada por su propia abuela, pues la tradición indicaba que debía hacerlo la partera que había traído una hembra al mundo. La ceremonia se realizó a la hora en que salió el sol. La niña estaba ataviada con un huipil y unas alhajas pequeñas que su abuela y su madre habían elaborado personalmente para ella, En medio del patio pusieron una palangana de barro pequeña y junto a ella colocaron una petaquilla, un hueso y una lanzadera. Sobre unos anafres de cerámica bellamente decorados, se puso a quemar copal.
La abuela, con un incensario en la mano, se dirigió hacia el lugar por donde el sol estaba saliendo y le dijo al viento:
—Señor del soplador, mueve mi abanico, elévame a ti, dame tu fuerza. Señor.
Como respuesta, un leve viento le rozó la cara y supo que el momento era propicio para el saludo a los cuatro vientos. Giró lentamente hacia los cuatro puntos cardinales mientras pronunciaba unas oraciones. Luego pasó el incensario por debajo del cuerpo de su nieta, quien era sostenida en vilo por las manos de sus padres, que la ofrendaban al viento. La pequeña figura, recortada sobre el azul del cielo, pronto se cubrió con el humo del copal, signo de que había comenzado su purificación. A continuación, la abuela dejó el incensario en su sitio y tomó a la niña entre sus brazos, la levantó nuevamente hacia el cielo, tomó agua con los dedos y se la dio a probar mientras decía:
—Ésta es la madre y el padre de todas nosotras, se llama Chalchiuhtlicue, la diosa del agua, tómala, recíbela en la boca, ésta es con la que has de vivir sobre la tierra.
Luego, tomando agua nuevamente con los dedos, se la puso en el pecho mientras decía:
—Ve aquí con la que has de crecer y reverdecer, la cual purificará y hará crecer tu corazón y tus entrañas.
Finalmente, ayudada por una jicara, le echó agua sobre su cabeza mientras le decía:
—Cata aquí el frescor y la verdura de Chalchiuhtlicue, que siempre está viva y despierta, que nunca duerme ni dormita; deseo que esté contigo y te abrace y te tenga entre sus brazos para que seas despierta y diligente sobre la tierra.
Enseguida, le lavó las pequeñas manos para que no hurtara y los pies y las ingles para que no fuera carnal. A continuación, pidió a Chalchiuhtlicue, la diosa del agua, que sacara del cuerpo de la niña todo mal, que lo apartara, que se lo llevara con ella, y finalmente le dijo:
—A partir de hoy serás llamada Malinalli, ese nombre será tu sino, el que por nacimiento te corresponde.
Para finalizar la ceremonia, el padre de Malinalli la tomó entre sus brazos y le dijo las acostumbradas palabras de bienvenida, en las que se expresaba a manera de oración o de cántico el acogimiento que le daban a los recién nacidos a esta nueva vida:
—Aquí estás, mi hijita, la esperada por mí, la soñada, mi collar de piedras finas, mi plumaje de quetzal, mi hechura humana, la nacida de mí. Tú eres mi sangre, mi color, en ti está mi imagen. Mi muchachita, mira con calma: he aquí a tu madre, tu señora, de su vientre, de su seno, te desprendiste, brotaste. Como si fueras una yerbita, así brotaste. Como si hubieras estado dormida y hubieras despertado. Ahora vives, has nacido, te ha enviado a la tierra el señor nuestro, el dueño del cerca y del junto, el hacedor de la gente, el inventor de los hombres. En ese momento, el padre de Malinalli sintió en su mente una inspiración que no le pertenecía y en lugar de continuar con las tradicionales palabras de bienvenida, su lengua habló con otro canto:
—Hija mía, vienes del agua, y el agua habla. Vienes del tiempo y estarás en el tiempo, y tu palabra estará en el viento y será sembrada en la tierra. Tu palabra será el fuego que transforma todas las cosas. Tu palabra estará en el agua y será espejo de la lengua. Tu palabra tendrá ojos y mirará, tendrá oídos y escuchará, tendrá tacto para mentir con la verdad y dirá verdades que parecerán mentiras. Y con tu palabra podrás regresar a la quietud, al principio donde nada es, donde nada está, donde todo lo creado vuelve al silencio, pero tu palabra lo despertará y habrás de nombrar a los dioses y habrás de darle voces a los árboles, y harás que la naturaleza tenga lengua y hablará por ti lo invisible y se volverá visible en tu palabra. Y tu lengua será palabra de luz y tu palabra, pincel de flores, palabra de colores que con tu voz pintará nuevos códices.
Ese año de 1504, cuando el joven Hernán Cortés pisó la isla de La Española (isla que actualmente comprende República Dominicana y Haití) y se dio cuenta de que había un mundo que no era el suyo, su imaginación se llenó de deseos. Como buen hijo único, estaba acostumbrado a tener todo aquello que su antojo reclamaba. Durante su etapa de desarrollo nunca había tenido que compartir sus juguetes con nadie y, en consecuencia, era un niño caprichoso que en cuanto deseaba
algo, de inmediato se lo apropiaba. Con estas características, no es de extrañar que al descubrir tierras nuevas, su mente fuera cobijada por la ambición.
Había llegado a La Española por su propia voluntad, sin pertenecer a ningún ejército u orden alguna. Lo que lo había traído, aparte de un delirio de grandeza y un ansia por conocer el mundo, era un deseo de libertad. Los constantes mimos de su madre lo ahogaban, lo convertían en un niño débil y enfermizo. Su espíritu aventurero se sentía prisionero del cerco paterno. Por otro lado, las enormes expectativas que sus padres tenían puestas sobre él eran un compromiso, un lastre cuyo peso lo atormentaba. Nunca se lo dijeron abiertamente, pero él sentía en su corazón que a sus padres les decepcionaba su corta estatura. Le faltaba altura para formar parte de una orden de caballería o un ejército. Así que le quedaban tres opciones: ser paje en la corte del rey, ser cura o estudiar una buena profesión. Su padre nunca logró que Hernán fuese aceptado como paje, así que esa posibilidad quedó descartada. Lo colocaron como monaguillo en la iglesia, pero no pasó de ahí, tal vez porque su carácter no se prestaba para servir a Dios de esa manera. Por último, Cortés asistió a la Universidad de Salamanca, donde aprendió latín y estudió por algún tiempo leyes. Sin embargo, prefirió levantar el ancla y zarpar al Nuevo Mundo en busca de oportunidades. Quería demostrarle a su madre que no era tan chaparro como ella pensaba, que no necesitaba de tantos estudios para tener dinero y poder. Él deseaba ser rico, los nobles eran ricos y los ricos hacían lo que querían. Ahí, en la Española, su futuro dependía de él y sólo de él. Casi de inmediato tomó contacto con los jefes españoles de la isla, principalmente con el gobernador, Nicolás de Ovando, y con varios de sus allegados. Conversó con ellos, se enteró de la forma de vida que este nuevo mundo les ofrecía a todos ellos. Sin tardanza, ofreció soluciones a los problemas de control, diseñó proyectos y los convenció de que él era el indicado para llevarlos a cabo. En poco tiempo se ganó la confianza y la estima de sus jefes, pues no solamente había ganado combates sobre los aborígenes y ayudado a apagar revueltas, sino que había diseñado rutas y caminos para recorrer el espacio en menos tiempo y con mucha más seguridad, dando como resultado que le fuera otorgada una encomienda de considerable valor en tierras donde se sembraba caña de azúcar. Para Cortés, esto no fue suficiente. Su mente ambiciosa no estaba satisfecha. Él necesitaba oro. Todo el oro que hubiera a su alcance. Quería deslumbrar a todos.
Una mañana, liberándose del miedo de perder su buena apariencia, decidió quitarse las botas —que le aumentaban un poco su corta estatura—, aflojar y despojarse de las vestimentas para sentir su cuerpo tal y como la naturaleza lo había creado. Le urgía descansar sus pies agrietados e infectados por una gran variedad de hongos. Los había pescado a bordo del barco que lo trajo de España y no había podido deshacerse de ellos. El placer de caminar con los pies descalzos sobre la arena motivó su espíritu. La paz de esa mañana era tan grande que agradeció a Dios la vida que le había dado y la oportunidad que le brindaba de vivir ese momento histórico. Caminó rumbo al mar y dejó que las aguas lavaran sus pies. De inmediato sintió alivio y supo que el mar purificaría sus heridas de la misma manera en que lo hacía con las ropas de los marineros en alta mar. Durante los largos recorridos marítimos, la única manera que había de lavar la ropa era amarrándola fuertemente dentro de una red la cual tiraban por la borda y, mientras el barco avanzaba, el mar penetraba las fibras de la tela, la limpiaba de impurezas y la dejaba completamente limpia. Se quedó un buen momento ahí, dejando que las olas le lavaran las heridas. Ahí, parado frente al horizonte, recordó los largos días de travesía, en los que recargado en la borda del barco observó el cielo y las estrellas hasta abrir su mente y entender por primera vez y con toda claridad la redondez de la tierra y el cosmos infinito. Más tarde, cuando salió del agua, se recostó sobre la hierba para que sus pies recibieran los benéficos y purificadores rayos solares. Con un brazo cubrió sus ojos para protegerlos del sol de mediodía y relajó su mente. El ruido lejano de las olas lo arrulló y el sueño lo venció por un instante. Un solo instante bastó para que, en un descuido, un venenoso escorpión lo picara y descargara todo su veneno en su cuerpo.
Por tres días Cortés, se debatió entre la vida y la muerte. Fueron días de lluvia y de rezos. Un fuerte temporal azotó la isla y no paró de llover día y noche. Cortés ni siquiera se dio cuenta de los truenos; sus compañeros españoles que le prestaron ayuda escucharon admirados y asustados lo que en sus delirios decía. Habló en latín y en lenguas extrañas. Habló en gritos y en susurros. Les dijo que había un sol enorme que crecía y crecía. Un sol que al explotar iba a derramar sangre por doquier; que los seres humanos iban a volar por los aires sin tener tierra firme donde reposar, que habría lágrimas y un insoportable olor a muerte invadiría todo su cuerpo; pronunció nombres de reyes moros, habló de las derrotas históricas de España, se lamentó de la crucifixión de Cristo, se encomendó a la Virgen de Guadalupe, vociferó maldiciones y afirmó que había sido una serpiente, una gran serpiente, la que lo había mordido, una serpiente que se elevaba por los aires y que volaba frente a sus ojos, y así deliró, hasta que se quedó completamente dormido. Algunos lo dieron por muerto, y estaba tan en paz que pensaron enterrarlo a la mañana siguiente, pero cuando llegaron al lugar para darle un santo entierro descubrieron que Cortés había abierto los ojos y se recuperaba milagrosamente. Observaron en él una transformación y se dieron cuenta de que su semblante proyectaba una nueva fuerza, un nuevo poder. Todos lo felicitaron y le dijeron que había nacido de nuevo.


sábado, 28 de junio de 2014

La mujer, Dios y los dragones

Reflexión sobre Apocalipsis 12 
Señor de la vida y de la Historia,
 de la mía y la del pueblo,
danos el valor para enfrentar
a los dragones del sistema
danos la visión,
danos las alas de águila,   
danos la utopía, la esperanza,  
que otra sociedad es posible,
empezando por mi comunidad,
comprometiéndonos en la construcción
dejando de lado las diferencias,
buscando lo que nos une,
empoderándonos,
no desde las armas
que usa el sistema
sino buscando el dialogo,
el consenso, el salir de nosotros
para ir al encuentro del otro,
y juntos trabajar desde lo cotidiano,
sabiendo que estas de nuestro lado,
que no nos dejas
porque nos liberaste
y porque nos amas,
con esa certeza
construir tu Reino de Justicia y Paz.
                                                                  Simplemente Carmen


miércoles, 25 de junio de 2014

La malinche: ¿Traidora o víctima?


Marina a su hijo:
Te será muy fácil morir, poco menos fácil soñar,
difícil rebelarte, dificilísimo amar.

La historia de Malinche constituye un mito de origen donde podemos leernos a nosotros mismos. La vida de esta mujer ha sido muchas veces malinterpretada. Malinche sería el prototipo de la traidora, de la ramera que se vende al invasor, la madre de todos los males que nos aquejan. Con esta interpretación parcial del mito no hacemos más que perpetuar la vieja idea machista de que en el origen del mal siempre se halla una mujer: Eva, Pandora, la mujer de Lot... Malinche. Comprender la figura de Malinche, símbolo de la condición de la mujer, del alma mestiza y de la identidad latinoamericana, será intentarnos comprender más a nosotros mismos.


Una de las figuras más polémicas de la conquista española es la mujer conocida como La Malinche o Doña Marina (ca. 1500-1527), quien ejemplifica la importancia de los intérpretes en el curso de la historia. De familia noble, La Malinche fue esclavizada, se convirtió en intérprete y en la persona de confianza del explorador español Hernán Cortés, a quien dio un hijo. Algunos la ven como la traidora de los aztecas, mientras que otros la consideran el chivo expiatorio del fracaso de Moctezuma, quien no fue capaz de defender su reino.

Marina nació en una familia noble en la provincia de Paynalla en Coatzacoalcos, en la región de Veracruz al sur de México. Cuando su padre murió, su madre se volvió a casar y dio a luz a un varón. Aunque Marina era la primogénita y heredera legítima, su madre y su padrastro favorecieron al nuevo bebé. Y para que el nuevo vástago fuera heredero único, su madre la regaló o la vendió como esclava y la declaró muerta.

Antes de convertirse en propiedad del cacique de Tabasco, Marina viajó en cautiverio desde su región natal de habla náhuatl a las regiones de habla maya en Yucatán, donde aprendió dicha lengua. Durante esta época, Hernán Cortés había llegado desde Cuba a la costa de Tabasco con su intérprete, Jerónimo de Aguilar, quien había aprendido el maya después de naufragar, ser esclavizado por los mayas de Yucatán y posteriormente rescatado por los españoles.
Habiendo tomado la decisión de buscar favores de los españoles en lugar de pelear con ellos, los mayas les ofrecieron alimento, vestido, oro y esclavos, incluso a 20 mujeres. Aguilar, quien también se había ordenado como sacerdote, además de servir como intérprete ayudó en la conversión de los mayas. Las mujeres, Marina entre ellas, fueron bautizadas en marzo de 1519. Se desconoce la edad que tenía cuando la bautizaron.

Cortés obsequió las mujeres bautizadas a sus militares y Marina estuvo destinada primero a Alonso Hernández de Puertocarrero; luego regresó un mes después a donde Cortés. Casi de inmediato empezó a trabajar con Aguilar como intérprete. Cuando Cortés llegó a las regiones de habla náhuatl, hacia el occidente por la costa del golfo, ella interpretaba entre el náhuatl y el maya para Aguilar, quien sabía interpretar entre el maya y el español.

Marina rápidamente amplió sus conocimientos lingüísticos al aprender español o castellano. Se ganó la confianza de Cortés, se convirtió en su secretaria y después en su querida, y hasta llegó a darle un hijo. A Cortés se le ofrecían a menudo otras mujeres, pero él siempre las rechazaba, demostrando así su respeto y cariño por Marina. En una carta escribió, "Después de Dios, le debemos la conquista de la Nueva España a Doña Marina".



Los historiadores no consideran a Marina la responsable del éxito de la conquista española. El apetito de los españoles por el oro, la epidemia de la viruela y, por supuesto, su superioridad militar fueron factores primordiales. Sin embargo, sus habilidades para servir de intérprete jugaron un papel enorme. Se tiene certeza de que ella facilitó la comunicación entre Cortés y varios de los líderes indígenas de la antigua América, entre quienes fueron claves los tlaxcaltecas, pues estaban a la búsqueda de aliados en contra de los aztecas debido a sus brutales exigencias de sacrificio humano y tributo.

Sin duda, el punto culminante de su carrera como intérprete fue el encuentro inicial, cara a cara, entre Cortés y Moctezuma, pero asimismo participó directamente en numerosos intercambios entre los españoles y la gran cantidad de personas que encontraron y trataron. Se dice que ella favorecía activamente las negociaciones en lugar del derramamiento de sangre.

Aunque algunos la consideran una traidora, muchas chicanas consideran a La Malinche una preponderante figura histórica, cuya denigración y difamación de carácter tiene paralelos con su situación actual. Ella fue repudiada por su gente y no debía lealtad a los otros poderes mesoamericanos. Y aprovechó sus facultades lingüísticas para asegurar su propia posición social. Pero hay evidencia certera de que, una vez que se alineó con la causa española, fue totalmente leal a Cortés, a pesar de las múltiples oportunidades que tuvo para traicionarlo, a medida que la intrincada historia de la conquista se desenvolvía.

El autor mexicano Gómez de Orozco afirma que La Malinche "fue una parte instrumental de la estrategia [española], al interpretar en tres idiomas y al ofrecer información esencial sobre la organización económica, el conocimiento de las costumbres nativas, el orden y la sucesión de los reinos, las formas de tributo, las reglas que regían las relaciones familiares, etcétera".

Después de la conquista, Cortés, quien ya tenía una esposa en España, demostró su respeto por Marina al concertarle un matrimonio con Don Juan Jaramillo, un teniente de Castilla. Aunque Marina fue apenas una de las mujeres indígenas que tuvo hijos de padres españoles, es la más destacada, y el hijo que tuvo con Cortés, Don Martín Cortés, fue el primer mestizo de relevancia histórica y alguien que eventualmente tuvo un cargo en el gobierno. Fue el Comendador de la Orden de San Jago. En 1548, fue acusado de conspirar en contra del virrey y posteriormente ejecutado. Marina también tuvo una hija de su esposo, Don Juan Jaramillo, llamada Doña María. Como la madre de un hijo y una hija de dos razas, con la misma sangre mestiza que corre por las venas de la mayoría de los mexicanos, a Doña Marina se le puede reconocer legítimamente como la madre de la nación mexicana.

¿Qué hay detrás de un nombre?
La mujer llamada "la lengua de Cortés" o su intérprete, al nacer fue llamada Malinalli (el nombre en náhuatl para uno de los 20 días del mes mexicatl, así como para un tipo de hierba que sirve para elaborar cuerdas). También se le llamaba Malinalli Tenépal. La palabra náhuatl tenépal significa "persona que tiene facilidad de palabra, que habla mucho y con animación".
A la hora de bautizarla, un cura español le dio el nombre de Marina. Bernal Díaz, quien fuera testigo e hiciera una crónica de esta época en La conquista de la Nueva España, se refiere a ella como Doña Marina. El homónimo del nombre español, Malina, se convirtió en Malintzin (el sufijo náhuatl "-tzin" denota respeto). Cortés era conocido como Malintzin-é, porque los indígenas no podían pronunciar bien la r española, de manera que Cortés y Malintzin eran conocidos por casi el mismo nombre. Luego, al tratar de pronunciar este nombre náhuatl, los españoles cambiaron el sonido suave de tzin-é a la ch española y el resultado fue Malinche.

Díaz del Castillo coincide en que, debido a su asociación cercana con Marina, a Cortés también lo llamaban Malinche, lo cual, de acuerdo a Díaz, se traduce como "El capitán de Marina". En el libro Conquest of Mexico, Prescott también afirma que Cortés era llamado Malinche, pero lo traduce como "capitán" y dice que La Malinche quiere decir "La mujer del capitán".

En la actualidad, los mexicanos de habla hispana usan la palabra "malinchista" para referirse a "alguien que prefiere las cosas extranjeras" y, para muchos, la palabra Malinche es sinónimo de "traidor". Sus acciones representan a muchos el gran pecado. Conjuntamente, su nombre es sinónimo de traidor. Un malinchista es una persona que prefiere venderse por lo extranjero. Una persona puede venderse su raíz, su patria o sus morales para ser considerada malinchista. Además, la Malinche dio a luz a Martín Cortés, el hijo de Hernán Cortés. Por esa razón, es considerada la madre de los mestizos aunque hubo otras mujeres violadas durante la Conquista. Con tanto en su contra, sería terriblemente trabajoso cambiar el paradigma.
La autora, Sandra Messenger Cypess, ha notado que han sido muchos los autores que quieren cambiar la manera en que la Malinche es personificada. Cambios sociales en la segunda mitad del siglo XX han traído a luz aspectos diferentes de lo que hizo. No hay otra mujer durante la época de la Conquista que se destaque como la Malinche. Por su sabiduría, tomó una posición fundamental que ninguna otra mujer pudiera haber tomado y hay que reconocerla porque la historia no sería la misma si ella no hubiera participado. 

domingo, 22 de junio de 2014

Tú eres la señal y el signo

Reflexión de Mc. 8,11-13
No queremos que te vayas
de nuestro lado,
cuídanos de la levadura
de la soberbia, de la amargura,
de la tristeza, y de todo 
los que nos aparta de ti
ayúdanos a ser humildes,
a ser una comunidad de hermanos,
sin ti no somos nada.
Tú eres la señal,
tú eres el camino.
Sin embargo nosotros
pedimos señales,
pedimos milagros
cosas extraordinarias
pero en las cosas sencillas
y simples vemos tu rostro.
Allí estás en la Vida,
Señor,  esa es la señal
y tú eres el signo.
                                                                      Simplemente Carmen



viernes, 20 de junio de 2014

Reflejos de junio

Reflejos después de una lluvia o un vidrio empañado después del rocío de la mañana es así junio. Como un rayito de sol que entra tímido por mi ventana, remolón y desperezándose, así es junio. Nos prepara para el invierno que se aproxima lentamente, ya los días se acortan. Y  el viento juega con las pocas hojas caídas en la vereda, los brazos desnudos de los árboles pareciera que quieren trepar en cielo y taparse con las nubes oscuras. 
Y nosotros caminamos rápidos urgidos por las preocupaciones de la vida. Quizás por eso en esta época nos refugiamos en nuestros hogares, necesitamos el abrazo de los amigos y la sonrisa de los niños para sentirnos vivos, buscamos el calor que no encontramos en la naturaleza. Pero a veces,  nos dejamos llevar por la melancolía, que se nos presenta como la neblina de la mañana, pero sólo es un momento, después la despedimos con una sonrisa. 
Tenemos la esperanza que la primavera vendrá no como estación sino como convicción de vida, porque hemos hecho bien las cosas y hemos plantado buena semilla.
                                                                                                                                 Simplemente Carmen

martes, 17 de junio de 2014

Las hermanas Mirabal: Tres mariposas contra una dictadura

El asesinato de las tres hermanas, el 25 de noviembre de 1960, los cuerpos de las tres hermanas Mirabal se encontraron en el fondo de un acantilado. Aquel acontecimiento, que fue vendido a la prensa como un trágico accidente por Rafael Leónidas Trujillo, el dictador dominicano que dio la orden de acabar con ellas, contribuyó a despertar la conciencia entre la población, que culminó, seis meses después, con el asesinato del caudillo.


Antecedentes:  El 10 de enero de 1960, jóvenes de clase media, seminaristas, obreros, campesinos, profesionales y estudiantes celebraron una Asamblea Nacional en una finca propiedad de Charlie Bogaert, donde dejan constituido el denominado Movimiento Revolucionario 14 de Junio, inspirado en el ejemplo y en el programa de los guerrilleros de 1959. Bajo el liderazgo del abogado Manuel Aurelio Tavárez Justo (Manolo), el esposo de Minerva Mirabal, y se plantean como objetivo derrocar la tiranía mediante la lucha armada.
Pero muy pronto fueron detectados  al servicio de la tiranía, como muy bien explica Rafael Chaljub Mejía en su libro “La Guerrilla del Decoro”, cuando señala que el movimiento ni siquiera pudo poner a prueba su capacidad operativa.
“…diez días después de la asamblea de Mao, comenzaron las detenciones en masa, con su trágica e inevitable secuela de torturas, asesinatos y desapariciones a que usualmente recurría el régimen ante hechos como ese”, dice el autor. Las cárceles se llenaron de presos políticos de diversas partes del país. Sin embargo, “el descubrimiento del complot sirvió para demostrar cuán extendido era el sentimiento antitrujillista”, dice Chaljub Mejía.
Entre los primeros apresados figuran, además de Manolo y Minerva, los esposos de María Teresa y Patria, el ingeniero Leandro Guzmán y el hacendado Pedro González.
También fue apresada María Teresa, a quien oficiales desnudaron delante de todos, como una forma de humillarla. Un veterano de aquella época, Rafael -Fafa- Taveras relata cómo la más joven de las “mariposas” se mantuvo incólume pese a los insultos y la tortura física, “las descargas eléctricas sobre los senos hacían mover su cuerpo, pero sus labios no se abrieron con una queja”. Semanas después de aquella orgía de sangre y dolor, las mujeres fueron liberadas, pero sus esposos fueron condenados a 30 años de cárcel. Se le permitía una visita a la semana, los viernes. Pese a la advertencia de varias amigos de que se cuidaran, Patria, Minerva y María Teresa hacían el viaje todas las semanas a ver a sus esposos y a los otros compañeros de lucha allí prisioneros. El peligro era evidente, pero ellas preferían desafiarlo antes que dejarse doblegar por el miedo.



Las Protagonistas: Patria, Minerva y María Teresa, así se llamaban las hermanas, nacieron y crecieron en el seno de una familia rural acomodada en el paraje de Ojo de Agua, en Salcedo, el municipio más importante de la provincia que se rebautizó más tarde, y en honor a ellas, con el nombre de Hermanas Mirabal. Estas mujeres, que habían mostrado un interés muy temprano por los estudios, dedicaron gran parte de su corta vida a luchar por la libertad política de su país, oponiéndose firmemente a una de las tiranías más opresoras y duras que tenía Latinoamérica: la de Rafael Leónidas Trujillo, conocido también como «El Jefe», «El Generalísimo», «El Chivo» o «El Chapita», por su afición desmedida por las condecoraciones.
A causa de su persistente actividad rebelde, fueron encarceladas y torturadas, a pesar de los cual decidieron continuar luchando para acabar con la dictadura.  Convencidas «Las Mariposas» –así era conocidas entre sus compañeros de lucha por su persistente actividad rebelde.



El día que fueron asesinadas: Uno de los esposos, Manolo, sugirió que debían acabar con los viajes y marcharse a Puerto Plata para evitar el paso por las carreteras, pero ya era tarde: la orden de asesinar a las hermanas ya había sido dada. Cinco miembros del Servicio de Inteligencia Militar detuvieron el jeep en el que regresaban de la prisión, las introdujeron a empujones en un coche y las llevaron a un lugar previamente escogido, cerca de La Cumbre. Después de apresarlas, las condujimos al sitio cerca del abismo, donde ordené a Rojas Lora que cogiera palos y se llevara a una de las muchachas
Eran aproximadamente las 19:30. Allí las mataron a golpes y colocaron sus cadáveres en el jeep, antes de arrojarlo por el precipicio.
Ciriaco de la Rosa, uno de los asesinos, lo contaría más tarde: «Después de apresarlas, las condujimos al sitio cerca del abismo, donde ordené a Rojas Lora que cogiera palos y se llevara a una de las muchachas. Cumplió la orden en el acto y se llevó a una de ellas, la de las trenzas largas (María Teresa). Alfonso Cruz Valerio eligió a la más alta (Minerva), yo elegí a la más bajita y gordita (Patria) y Malleta, al chofer, Rufino de La Cruz. Ordené a cada uno que se internara en un cañaveral a orillas de la carretera, separadas todas para que las víctimas no presenciaran la ejecución de cada una de ellas […] Traté de evitar este horrendo crimen, pero no pude, porque tenía órdenes directas de Trujillo y Johnny Abbes García. De lo contrario, nos hubieran liquidado a todos».
En honor a estas tres valientes hermanas asesinadas a garrotazos, que se habían convertido en auténticas heroínas de la lucha clandestina antitrujillista, se conmemora cada año en esta fecha el Día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer, aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1999, a propuesta de la República Dominicana con el apoyo de 60 países.
Para ver la película sobre sus vidas: Trópico de sangre, película dominicana,  sin censura y completa.

Doce años

  Han pasado doce años, tuvimos tres gatos, dos hijos por un rato, una casa que no es nuestra, una perra petizona tres bicicletas y ...